jueves, 13 de marzo de 2008

Figuras en el agua


El baño estaba preparado, sólo faltaba añadirle el aceite espumoso que obrara milagros en la piel. Era hermoso dejarlo caer en la bañera desde lo alto; entonces, con la fuerza del impacto, burbujas de espuma emergían desde el fondo disponiéndose a cubrir el caudal de agua estancada. El momento del baño constituía todo un ritual de placer.


Una vez introducida en él, la mente se liberaba y emprendía un largo viaje, ayudada por la serenidad que aportaba el elemento líquido. La espuma, que en un principio formaba un todo compacto, iba dividiéndose y creando figuras diversas sobre las que podía concentrarse la mirada del viajero. De repente éste conseguía ver con toda claridad el contorno de un caracol.


Sobre él otra figura emergía, un rostro que poco a poco iba prolongándose en un abdomen, y que, por fin, se completaba en un cuerpo; cuando ya parecía formada la imagen de un hombre, un nuevo movimiento del agua remodelaba sus contornos y la espuma mostraba entonces unas alas saliendo del torso; así, quien fuera hombre había dejado de serlo para convertirse en un ángel de melena corta y redondeada. El caracol también se había transformado y ahora se hacía más y más semejante a un lobo marino extrañado de encontrarse en tan tranquilos mares. El todo, las formas, los nuevos contornos y, por fin, la unidad del origen.


Al salir del baño, los pensamientos del viajero se hicieron más conscientes y quiso razonar. ¿Podría ser lo que acababa de experimentar la imagen de la vida? ¿Por qué no? Quizá todos los seres vinieran de una misma fuente y ser lanzados a un caldo de cultivo primigenio en el que nuevas formas y maneras pudieran ser desarrolladas. Primero la unidad y luego el desmembramiento que confiere individualidad. Pero, además, bien podía suceder que, a semejanza de lo visto con la espuma, cada ser ya formado consiguiera a su vez transformarse en uno nuevo para, finalmente, volver al origen del que procedía: la unidad. De aquel conjunto troceado y disperso, hecho y rehecho una y otra vez, siempre terminaba por volverse al origen. ¿Por qué no considerar aquella experiencia, entonces, como una imagen que ayudara a comprender el misterio de la vida?


Para el viajero, quien al fin y al cabo no sería más que una partícula separada del todo, la vida era un misterio inalcanzable; sólo Aquél que todo lo abarca podía comprender a cada una de las partes.


El viajero siguió meditando tras su reconfortante y enriquecedor ritual del baño diario. Se dijo que si cada una de las partes podía transformarse en nuevas formas, entonces cada nueva experiencia debía enriquecer a la anterior. ¿Por qué olvidar las enseñanzas aprendidas? ¿Sería posible reagruparlas de la misma manera que la espuma en su conjunto era una y mil veces reordenada? Y así fue como comenzó su sueño o la metáfora de una realidad.


Colaboración de Hada Saltarina

3 comentarios:

M. Jose dijo...

Hola, yo también crezco cada vez que visito este blog y leo estas maravillosas historias. Muchas gracias por tu visita, fué una verdadera sorpresa...
Un beso
Jose

caselo dijo...

Pasion, quedé mudo después de leer esta historia. De un momento a otro me paré, fui hasta la entana y e quedé mirando las nubes; entonces me puse a ver cómo cambian de figura, mientras pensaba en las palabras que acababa de repasar. Allí, en el cielo, esas nubes llevan agua en sus copos de algodón. El baño del viajero es el pretexto para entender que la vida se transforma, pero mantiene el origen que le dio el primer aliento. Una belleza.
Un fuerte abrazo desde Colombia
Carlos Eduardo

Hada Saltarina dijo...

Pues si M.José, claro que visito vuestros blogs, aunque no sea muy dada a dejar mensajes (y eso que me gusta recibirlos!). Me inspiró mucho el texto que leí en tu blog; gracias. Y a ti, Caselo, qué alegría que este texto te hiciera contemplar las nubes de otra manera. Un abrazo, para todos

 
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