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jueves, 27 de marzo de 2008

Ante las dificultades en las relaciones con los demás



Ante las contrariedades, en muchas ocasiones uno no sabe realmente cómo reaccionar para conseguir algún beneficio, no sólo propio, sino algún beneficio para el mundo. Soy particularmente sensible a las desavenencias humanas; nos enfadamos, nos ofuscamos, sufrimos por la insensibilidad del otro... ¿Por qué actúa así? ¿Es que no se da cuenta de que...? Pues ahí está el quid de la cuestión: no se da cuenta de...


Entonces, ¿cómo hacer para que se dé cuenta? Perder la calma no parece una buena opción por varios motivos:


- Porque la violencia engendra violencia

- Porque nos pierden el respeto

- Y porque nos perdemos nosotros mismos el respeto


En mi mente, y en mi corazón, surge una pregunta: ¿Por qué tantos problemas en las relaciones? Y aparece una respuesta: "Eres como un espejo y como tal proyectas y reflejas".Tumbada en el sofá, durante el tiempo que dedico al encuentro consciente con mi espíritu, con el espíritu de mi Maestro, de mis protectores, con el espíritu de todos, busco y espero la respuesta.


Y entonces aparece una imagen. Aparece mi Maestro (Jesús). Está sentado a la orilla de un sereno riachuelo. Observo que lanza una sonrisa mientras me mira y mira al río, y entonces dirige mi mirada hacia las piedras que surcan el río. Son unas piedras bien contorneadas y pulidas; unas están en el fondo, otras se elevan por encima del agua, mientras ésta fluye pausadamente. Y me dice que observe con atención. El agua es capaz de introducirse en las piedras; puede que no lo vea pero así es; lo que ocurre es que lo hace de forma tan sutil que apenas se percibe.


Las piedras que ahora vemos tan bien formadas, sin aristas, sin surcos, sin oquedades, fueron en su tiempo pedruscos con puntas dañinas. Pero la suavidad del agua (de las emociones suaves; el agua representa el elemento afectivo, los sentimientos amorosos) incide sin dañar en aquello que a él se acerca, y con el tiempo va remodelando lo que parecía un peligro.Luego me doy cuenta de que así es. Cuando nos enfrentamos apasionadamente contra alguna actitud que consideramos poco adecuada, normalmente recibimos astillas. No así, cuando se hace con suavidad.


También hay un jardín, lleno de verde, y en el centro un pozo. Junto a él estamos mi Maestro y yo, y Él me dice que observe. Me da miedo mirar al pozo, su profundidad, su oscuridad, me aterran, me producen vértigo, claustrofobia, angustia. Pero Él me pide que observe, y entonces me doy cuenta. Allá abajo está el agua, y mucho más abajo la tierra mojada. El agua va penetrando suavemente la tierra, y, si seguimos su camino, vemos como, poco a poco, sube con un nuevo fruto. El verde ha surgido de las profundidades del fango, entre otras cosas, por esa dulce y suave penetración del agua.


¿Dice esto algo para ti?


Colaboración de Hada Saltarina

jueves, 13 de marzo de 2008

Figuras en el agua


El baño estaba preparado, sólo faltaba añadirle el aceite espumoso que obrara milagros en la piel. Era hermoso dejarlo caer en la bañera desde lo alto; entonces, con la fuerza del impacto, burbujas de espuma emergían desde el fondo disponiéndose a cubrir el caudal de agua estancada. El momento del baño constituía todo un ritual de placer.


Una vez introducida en él, la mente se liberaba y emprendía un largo viaje, ayudada por la serenidad que aportaba el elemento líquido. La espuma, que en un principio formaba un todo compacto, iba dividiéndose y creando figuras diversas sobre las que podía concentrarse la mirada del viajero. De repente éste conseguía ver con toda claridad el contorno de un caracol.


Sobre él otra figura emergía, un rostro que poco a poco iba prolongándose en un abdomen, y que, por fin, se completaba en un cuerpo; cuando ya parecía formada la imagen de un hombre, un nuevo movimiento del agua remodelaba sus contornos y la espuma mostraba entonces unas alas saliendo del torso; así, quien fuera hombre había dejado de serlo para convertirse en un ángel de melena corta y redondeada. El caracol también se había transformado y ahora se hacía más y más semejante a un lobo marino extrañado de encontrarse en tan tranquilos mares. El todo, las formas, los nuevos contornos y, por fin, la unidad del origen.


Al salir del baño, los pensamientos del viajero se hicieron más conscientes y quiso razonar. ¿Podría ser lo que acababa de experimentar la imagen de la vida? ¿Por qué no? Quizá todos los seres vinieran de una misma fuente y ser lanzados a un caldo de cultivo primigenio en el que nuevas formas y maneras pudieran ser desarrolladas. Primero la unidad y luego el desmembramiento que confiere individualidad. Pero, además, bien podía suceder que, a semejanza de lo visto con la espuma, cada ser ya formado consiguiera a su vez transformarse en uno nuevo para, finalmente, volver al origen del que procedía: la unidad. De aquel conjunto troceado y disperso, hecho y rehecho una y otra vez, siempre terminaba por volverse al origen. ¿Por qué no considerar aquella experiencia, entonces, como una imagen que ayudara a comprender el misterio de la vida?


Para el viajero, quien al fin y al cabo no sería más que una partícula separada del todo, la vida era un misterio inalcanzable; sólo Aquél que todo lo abarca podía comprender a cada una de las partes.


El viajero siguió meditando tras su reconfortante y enriquecedor ritual del baño diario. Se dijo que si cada una de las partes podía transformarse en nuevas formas, entonces cada nueva experiencia debía enriquecer a la anterior. ¿Por qué olvidar las enseñanzas aprendidas? ¿Sería posible reagruparlas de la misma manera que la espuma en su conjunto era una y mil veces reordenada? Y así fue como comenzó su sueño o la metáfora de una realidad.


Colaboración de Hada Saltarina

jueves, 6 de marzo de 2008

Por qué?




PREGUNTA: Por qué no podemos aprender sin sufrimiento, sin dañar ni ser dañados?



RESPUESTA: Porque tenéis la necesidad de ser héroes. Mientras alberguéis esa necesidad, el camino será tortuoso. Aprended a ser sencillos.


Colaboración de Hada saltarina

martes, 4 de marzo de 2008

El árbol torcido


La noche había sido muy dura. El viento se había desatado y parecía querer llevarse todo lo que encontrara a su paso. Su fortaleza arrolladora pudo con la de un árbol de los muchos que había en el parque. El árbol intentó resistirse, pero, cuando llegó la mañana, comprobó los efectos del viento; su cuerpo había quedado inclinado, ya no era el erguido árbol de días anteriores; ahora, parte de sus ramas casi rozaban el suelo, mientras que las demás quedaban en lo alto.

Para el árbol, la comprobación de su nuevo estado le supuso una gran tristeza. Ya nadie se resguardaría del sol bajo sus ramas. ¿Quién iba a ser tan loco como para sentarse bajo un árbol tan poco apetecible? Todos sus compañeros lo compadecían. A todos ellos les hubiera gustado ofrecerle algún tipo de consuelo, pero no encontraban las palabras adecuadas; lo mejor era dejar pasar el tiempo y que el árbol herido se fuera acostumbrando a su nuevo aspecto.

Cuando llegaron al parque los visitantes más madrugadores y comprobaron por sí mismos los efectos del viento, hubo muy diversas reacciones. Algunos se llenaron de miedo pensando en el peligro que suponía un árbol caído, pero esta actitud era bastante irracional, pues lo ocurrido ya había pasado y no valía la pena crear accidentes imaginarios. De todas formas, no estaban satisfechos, pues aquel árbol que había quedado torcido podía constituir un peligro para los niños, ¿y si terminaba por doblarse completamente?

Los más optimistas veían un espectáculo curioso; comprobaron el estado del árbol y vieron que sus raíces estaban bien sujetas al suelo por lo que consideraron injustificados los recelos de aquellos otros alarmistas.
Para los niños, la nueva situación fue causa de una gran alegría. Aquél se había convertido en un árbol más accesible que los demás, por lo que lo integraron inmediatamente a sus juegos. Esto nunca había sucedido antes. Es verdad que muchos pequeñines posaban sus manitas en el tronco de los altos árboles, pero cuando intentaban alcanzar alguna rama, aun las más bajas, resbalaban sin conseguir su meta. Ahora todo había cambiado, y el árbol experimentó un gozo intenso al poder compartir la alegría de los niños.

Pasaron los días, y el árbol cada vez se acostumbraba más y más a su nuevo aspecto. Un día, un muchacho se sentó justo enfrente de él, sacó un cuaderno bastante grande, unos carboncillos, y comenzó a jugar con ellos encima del papel, mientras que, de cuando en cuando, echaba una ojeada al árbol torcido. Éste se preguntaba qué podría estar haciendo aquel joven. Pronto obtuvo la respuesta. Los árboles que estaban situados a la espalda del nuevo personaje, contemplaron lo que hacía, y es que a cada mirada lanzada por el muchacho, un nuevo árbol torcido iba formándose en el papel. Para el árbol aquello constituía toda una novedad; alguien estaba haciéndole un retrato.

Pronto ya no sólo había un muchacho frente a él, sino todo un conjunto de ellos. Todos pertenecían a un colegio cercano al parque, y lo que intentaban era reproducir en sus cuadernos la imagen del árbol, cosa que conseguían con una mejor o peor fortuna.
Se convirtió en algo habitual referirse al árbol. Cuando dos amigos quedaban para verse a una determinada hora, se hacía muy fácil localizar un lugar de reunión.

- “Bien, entonces quedamos esta tarde a las seis; ¿te parece?”
- “De acuerdo, pero ¿dónde? El parque es muy grande.”
- “Podemos encontrarnos junto al árbol torcido.”
Y con esas palabras, el encuentro se facilitaba.

Desde el día del vendaval, muchas cosas habían cambiado; el árbol había dejado de ser alguien anónimo, ahora tenía un nombre que lo diferenciaba. Si en un principio tanto él como sus compañeros pensaron que todo había terminado para el pobre arbolito, pronto pudieron comprobar su tremendo error, y durante muchos, muchos años, el árbol torcido fue referencia obligada para todos los visitantes del parque.
Colaboración de Hada Saltarina

jueves, 28 de febrero de 2008

El Mago y el Caracol




En lo alto de la montaña vivía un poderoso mago. Con el correr de los años, su habilidad para realizar prodigios se había hecho tan extraordinaria, que, si bien al principio precisaba la ayuda de una varita mágica, había conseguido prescindir de dicho instrumento.
El mago del que hablamos, no sólo era poderoso por los prodigios que podía realizar, sino por la grandeza de su alma. Una de las razones que le habían llevado a adquirir este poder no era otro que el deseo de ayudar a todo el que lo necesitara. Por ambas razones, su poder y su bondad, llegó a hacerse muy famoso no sólo en las cercanías del lugar en el que habitaba, sino en lugares alejados de éste.
Un día, mientras realizaba uno de sus acostumbrados paseos, sus ojos se posaron en un diminuto caracol que, pausadamente, hacía su recorrido. Los deseos de ayudar del mago siempre estaban despiertos y empezó a preguntarse qué podría hacer por el pequeño caracol. Poco tardó en darse cuenta de lo que podría hacer feliz a este ser. Observó como caminaba lenta y trabajosamente, y se le ocurrió que podría ser una buena idea el proveerle de un ultra rápido motor turbo. Pero al mago no le gustaba obrar sin solicitar en primer lugar el consentimiento del quien iba a ser ayudado, así, después de saludar al caracol y presentarse a él, le participó lo que deseaba hacer. El caracol quedó muy sorprendido pues nunca se le había ocurrido tal cosa. Después de pensarlo durante unos segundos, se dirigió al mago en los siguientes términos:
-Te agradezco mucho lo que quieres hacer por mí, y no quiero que pienses que soy un desagradecido pero, pensándolo bien, no tengo ninguna necesidad de caminar más rápido.
El mago quedó muy sorprendido ante esta respuesta; a él le constaba que en la sociedad moderna todo el mundo quería aprovechar mucho más el tiempo.
-Y yo lo aprovecho. Mira, caminando con esta velocidad puedo fijarme en cada uno de los detalles que salen a mi encuentro; puedo percibir la humedad de la tierra que piso, la suavidad de la hierba el diferente tamaño de los granos de arena. No te imaginas lo hermoso que es.
El mago quedó muy satisfecho ante esta respuesta. Frente a él estaba un ser vivo que era capaz de valorar el mundo al que pertenecía. Ahora, todavía con más razón que antes, quería hacer algo por este personaje tan simpático con el que se había encontrado. Pensando y pensando cómo podría agradarle, sus ojos esta vez se posaron en el caparazón que cubría el cuerpo del caracol. Le pareció al mago que era mucho peso el que tenía que transportar, y se le ocurrió que él podía liberarle de aquella molestia. Como había hecho antes, también esta vez consultó con su nuevo amigo.
-¿Te parece bien que te libere de ese peso que transportas?
Nunca el caracol se apresuraba en sus respuestas; consciente de la importancia de lo que se le proponía, después de meditarlo, contestó así al mago:
-Eres un persona muy amable, pero también en esta ocasión tengo que contestarte que no. Esto que llevo y que a ti te parece pesado y molesto es mi casa. No te puedes imaginar lo cómodo que es llevarla. Es muy ligera y tan confortable. Nunca he de preocuparme por si encontraré o no alojamiento en el lugar en el que me encuentre. Si llueve, tengo donde guarecerme; si hace demasiado sol, tengo donde protegerme. Me gustaría poder invitarte a que pasaras al interior y así podrías comprobar lo cómoda que es, pero eres demasiado grande para introducirte en mi casa.
Sin duda el caracol olvidaba que estaba hablando con un gran mago, por lo que éste, haciendo uso de sus muchos poderes, se hizo tan pequeño como una hormiga, pudiendo visitar la casa del caracol y dándose cuenta de esta manera de cuanta razón tenía.
Una vez recuperado su aspecto normal, el mago parecía reflejar una cierta tristeza, por lo que el caracol le preguntó lo que le pasaba.
-No estoy triste, al contrario, me alegro mucho de que estés tan satisfecho con lo que posees. Lo único que pasa es que me hubiera gustado darte algo, pero me has convencido de que ya tienes todo lo que deseas.
Ante estas palabras del mago, el caracol no pude menos que demostrar su asombro.
-¿Crees que no has podido hacer nada por mí? -Dijo el caracol- Estás muy equivocado, has hecho mucho más de lo que puedas imaginarte.
El mago, aunque era muy sabio, no consiguió entender el significado de lo que el caracol le decía. Viendo esto el caracol, siguió hablando:
-¿Es posible que no te des cuenta de lo mucho que me has dado? Me has regalado el bien más precioso que existe, el amor. Te has preocupado por mí, te has interesado por mis necesidades. ¿No te parece que me has ofrecido el don más maravilloso que posees?
Así era, en efecto. Se despidieron alegremente, deseando verse pronto. El mago regresó a lo alto de la montaña con un conocimiento mucho más valioso que cualquiera de los que hasta entonces hubiera adquirido. Ahora sabía que no había nada más importante que el amor, y desde aquel día se hizo consciente de lo hermosa que era la vida simplemente por darnos la oportunidad de decir buenos días al mundo.

Colaboración de Hada Saltarina

viernes, 22 de febrero de 2008

Un momento para meditar


Cuánta dificultad a la hora de ponernos a meditar. Parece que nunca encontramos el momento adecuado para ello; sobre todo cuando ese momento implica soledad.


Cuando decidimos meditar en unión con otros; entonces la cosa parece mucho más sencilla; nuestra motivación es más grande y estamos más dispuestos a emprender la tarea; el problema aparece cuando vuelve nuestro día a dia cotidiano y nos enfrentamos a esos momentos de encuentro con nosotros mismos, o bien con Alguien a quien no podemos engañar en modo alguno; es entonces cuando nos detenemos y no acabamos de encontrar el momento propicio para hacer esa pausa que sabemos nos resultará altamente beneficiosa.


Es como empezar un régimen alimenticio; sabemos que nos vendrá bien a nuestro organismo, e incluso a nuestro buen estado anímico, pero... ¡ay, cuánto cuesta! Una vez realizado, nos sentimos más que satisfechos con la tarea emprendida; pero lo cierto es que nos costó mucho emprenderla.Cuando meditamos solos, surgen mil y una excusas para no hacerlo. Una de esas excusas es la imposibilidad de encontrar el tiempo adecuado. Y es que muchas veces pensamos que sentarnos a meditar implicará necesariamente una inversión de tiempo bastante elevada, pero ¿son cinco minutos un exceso de tiempo? Alguno dirá que con ese tiempo no hay ni para empezar, pero yo considero que es un muy buen inicio. Siempre será mejor iniciar la andadura, aunque sea durante muy poco tiempo, que no hacerla nunca porque no conseguimos todos los requisitos. Sería como poner la excusa de no hacer gimnasia en casa porque no tenemos el atuendo adecuado. Empezar por cinco minutos es bueno ya que eso nos ayuda a movernos, y de eso se trata. Si podemos ampliar esos cinco minutos, mejor que mejor; pero al menos, el dedicar incluso un breve espacio de tiempo a concentrarnos en el espíritu nos llevará a ir desplegándolo ante nosotros, reconocerlo y valorarlo conscientemente. Para realizar una meditación puede ser muy bueno aprender a relajarse, una forma de acostumbrarse a la concentración sin angustias. Pero tampoco creo fundamental dedicar un largo periodo de tiempo a prácticas que puedan aburrir a algunos, y que dificulten, por tanto, la experiencia. Cada uno irá descubriendo cuál es su mejor manera de acceso a la meditación una vez que se decida a emprender el camino de experimentarla.


Que cada uno encuentre su camino, pero que todos se pongan en movimiento para hacerlo; ése es mi deseo.


En mi caso particular, y por si pudiera servir de ayuda a otros, diré que a veces me dispongo a conectar con ese Algo Superior y esperar a ver qué sucede, pero otras planteo preocupaciones, angustias, penas, para ver con mayor claridad el foco del problema y así poder resolverlo; en parte porque meditando se percibe la raíz del mismo y, en parte porque se reciben sutiles mensajes de solución. Pero nadie piense que estos mensajes hayan de ser rimbombantes y altisonantes. No; si por algo sorprenden es por su absoluta y meridiana sencillez. Y esa sencillez es la que aporta alegría a nuestro espíritu.


No hay que perder de vista que cuando hablamos de temas que tienen que ver con las experiencias íntimas de cada uno, hay que entender que no todos compartimos unas mismas creencias y vivencias, pero que la parte que cada uno experimenta puede servir de gran ayuda a otra persona.Con la meditación uno puede encontrarse con su esencia. ¿Cuál es la esencia del hombre? ¿Espíritu? ¿Materia? ¿Una conjunción entre ambos?


Cada uno debe buscar su propia verdad, sin descartar la existencia de una verdad más amplia y no por eso menos real. A modo de ejemplo podría decir que una verdad sobre mí es que escribo, pero eso sólo no me define; también canto, cocino, juego...; ¿cuál sería entonces mi verdad?; ¿Sólo que escribo, sólo que cocino? La verdad total es más grande que sus partes, pero eso no quiere decir que cada parte sea mentira, sino una fracción de la verdad absoluta. Teniendo esto en cuenta y ahondando en la pregunta ¿cuál es la esencia del hombre, espíritu, materia o ambos?, considero que una cosa no excluye la otra.


Ciñéndonos a ejemplos concretos, podríamos decir que el cerebro es una realidad física y concreta que encuadramos dentro de la materia. Pero, entonces, ¿qué es el pensamiento? Sería la función, en todo caso, realizada por esa materia llamada cerebro (y no sabemos cuántas cosas más). Entonces, la función qué es ¿espíritu o materia?. Una materia como el cerebro, por tanto, sería una realidad física concreta y medible; y el pensamiento ¿qué sería?, una realidad también pero sin forma material, una realidad abstracta y por tanto extremadamente difícil de medir y de limitar. Y es ahí donde surge la eterna discusión entre lo tangible y lo intangible, que a lo largo de los siglos se ha venido considerando materia (tangible) y espíritu (intangible); dos caras, quizá, pero “de la misma moneda”.Me parece que para quienes no aceptan la existencia de lo que se ha venido llamando espíritu; al menos, no deberían descartar que además de cerebro existe la mente y, además, el producto de la misma en unión con otros muchos elementos: el pensamiento.


Cuando hablamos del ser humano, no podemos hablar de realidades materiales concretas sino de un mundo ilimitado de posibilidades realizadas a través de las emociones, los sentimientos y los pensamientos. A mi entender, con la meditación se pretende, precisamente, hacer más presentes todos estos elementos, hacernos más conscientes y, por tanto, más verdaderos. Aunque sólo sean cinco minutos, ¡merece la pena el esfuerzo!


Colaboración de hada saltarina

miércoles, 20 de febrero de 2008

La bondad de Dios

Una vez establecida la existencia de Dios, la siguiente pregunta que para mí ha tenido enorme importancia es conocer la naturaleza de Dios. Y eso me lleva a preguntarme ¿es Dios bueno o malo?

Esta pregunta que a priori pudiera escandalizar, hay que entenderla adecuadamente, ya que lo bueno y lo malo de alguna manera parecen conceptos relativos, pues lo que es bueno para uno pudiera ser malo para otro. Entonces, ¿cómo saber si existe lo que un humano llamaría bondad o maldad en Dios?

Necesitaba conocer la respuesta, y entonces me puse a meditar y lanzar esa pregunta. La respuesta fue sorprendente, y extremadamente respetuosa puesto que partió de mi duda; no hubo reproches, sino comprensión, y esto es lo que sentí en mi interior, por si a alguien pudiera servirle de ayuda.

"Bien, de acuerdo. No puedes discernir si hay en la Fuente Original maldad o bondad de acuerdo a tus principios, pero lo que es incontestable es que lo que hay es ante todo: VERDAD".

"Es decir, sea aparentemente bueno o malo, lo que existe es la VERDAD, lo que hay, en vez de lo que no hay; por tanto el bien o el mal deberán amoldarse a esa Verdad; no podrán ir en su contra".

"Y la Verdad no puede ir en contra de la naturaleza profunda, porque aquello sería una contradicción imposible". "Por tanto, ¿qué anida, en realidad, en el corazón del hombre?, ¿qué anhela?, ¿la muerte?, ¿la destrucción? ¡¡No!! Si la busca, lo hace movido por la desesperación de que la inmortalidad, la eternidad, no existan.

Si el hombre se enfrenta con su hermano, lo hace por la desesperación de que el hermano no le ame; por tanto lo que mueve al hombre al odio es el anhelo del amor. Así que, ¿qué hay en el fondo del corazón del hombre? Amor, Totalidad, Eternidad.

¿Es eso Bondad o Maldad?"

"Entonces, ¿Quién es el origen de la humanidad?"

"No lo olvides nunca. Ten esa confianza en el momento de la duda. Dios es Amor. No puede ser otra cosa porque el Origen es LA VERDAD".

Colaboración de Hada Saltarina

lunes, 18 de febrero de 2008

La pérdida del contacto con lo Sagrado en el ser humano contemporáneo - Por Fanny Libertun

En casi todas las tradiciones culturales del mundo podemos observar variadas formas de expresión que indican que el hombre necesita -y ha necesitado siempre- encontrar alguna conexión entre una realidad a la que vive como “tangible y material" y otra que se encuentra "más allá de ella". El misterio de nuestra existencia, hace que casi todos nos preguntemos alguna vez acerca del Universo; el sufrimiento inherente a la vida nos inclina a tratar de comprender el significado de nuestro dolor y también las causas de nuestro nacimiento y muerte.

Algunas personas nunca logran acceder a estos cuestionamientos porque necesitan cubrir sus necesidades básicas; otras las tienen cubiertas pero no se formulan preguntas más allá de su realidad práctica y concreta porque la consideran única; otros adhieren a religiones que les proveen de datos o explicaciones ya construidas.

El contacto con la dimensión de lo Sagrado se constituye en una exploración compleja y difícil para aquellos buscadores que saben que no tendrán todas las respuestas y también que el problema no reside únicamente en nutrirse de otros que sí conocen la verdad.

Recurramos a la experiencia de las tradiciones antiguas, en este caso a la filosofía china ancestral. Desde esta perspectiva, se habla de tres dimensiones de la condición humana: el cielo, la tierra y el ser humano, analicemos cada una ellas por separado aunque en verdad abarquen una unidad inseparable.

Los humanos permanecemos erguidos con los pies sobre el suelo y la cabeza orientada hacia el cielo. Estamos aquí en un envase-cuerpo que nos impone permanecer en esta postura, parados sobre nuestros pies que se afirman en la tierra, lo cual implica la necesidad de respetar el mundo y a nosotros mismos en el plano raso, el principio terrenal. Si relacionáramos a este plano con aspectos de nuestra existencia, podríamos identificar algunos ejemplos de situaciones propias de este principio: el manejo de los recursos; los problemas y enigmas que nos causa el uso del dinero; la administración del tiempo; el cuidado del cuerpo y las enfermedades; las dificultades que se producen a partir de las situaciones concretas que vivimos a lo largo de nuestras historias personales; el goce material y también muchas de nuestras contradicciones con respecto a la importancia que concedemos a la materia, la coincidencia o no entre los objetivos concretos y nuestro deseo y así en más, podríamos enumerar cientos de situaciones vinculadas al mundo "concreto", mundo que para algunas personas, es el único que cuenta.

Pero nuestra cabeza también se orienta hacia el cielo que nos rodea y nos permite ver cosas que se hallan mucho más allá de nuestras preocupaciones ligadas a la supervivencia inmediata, vemos el cielo, las estrellas, los planetas y el espacio inmenso que rodea la tierra. A pesar del aparente significado de las preocupaciones terrenales, basta con ascender unos cuantos metros para que las cosas empiecen a perder parte de su importancia. Cuando ascendemos verticalmente -algo que nuestra conciencia siempre puede hacer- más nos adentramos en el espacio insondable. Y es que la conciencia humana no pertenece tan sólo a esta tierra y nuestra vida solo cobra sentido en el trasfondo que le proporciona el espacio infinito. Este es el principio celestial. Finalmente, la postura humana básica, a diferencia de los animales -que caminan a cuatro patas y protegen su parte delantera- genera que el ser humano exponga al mundo su vientre y su corazón, los centros en que se asienta el sentimiento. Y es precisamente esta exposición al mundo de nuestra parte delantera más vulnerable la que permite que el mundo y los demás puedan conmovernos. Éste es el tercer elemento -la dimensión humana- de la tríada cielo-tierra-ser humano.

Si no logramos equilibrar estas tres dimensiones, en algún sentido de nuestras vidas nos sentiremos perdidos. Si sólo nos ocupamos de las cuestiones ligadas a la supervivencia, acabamos pegados a la tierra y hundiéndonos en ella. Si, por otra parte, no tenemos adecuadamente en cuenta nuestras necesidades terrenales, acabamos desconectándonos de la tierra y perdiéndonos en ilusiones y autoengaños. Si, por último, tratamos de negar nuestros sentimientos, de dejar de lado nuestra ternura, acabamos atrapados en la coraza del carácter que desarrollamos para proteger nuestros vulnerables centros sensibles. Ser enteramente humanos significa tender puentes entre la tierra y el cielo, en la forma y el vacío, entre la materia y el espíritu.

Es cierto que nos resulta más fácil comunicarnos acerca de la dimensión terrenal y que cuando intentamos conectarnos o hablar acerca del espacio Sagrado, surgen dudas y confusión. No es un espacio acerca del cual sea fácil ponerse de acuerdo. ¿Cómo hacemos para diferenciar entre lo Sagrado y los espejismos o mecanismos defensivos que -artificialmente- nos fabricamos para soportar la realidad?. Y cómo hacemos también para encontrar -en medio de nuestra vulnerabilidad frente a la vida- la diferencia entre quienes pueden guiarnos y quienes tan solo necesitan de nosotros para lograr un beneficio personal?. El movimiento Transpersonal revitaliza la posibilidad de pensar acerca de esta dinámica a partir de conceptos tales como el de ESENCIA, que describe que cada uno de nosotros encarna una porción del Todo, de lo Sagrado; lo Divino no concebido como separado del ser humano.

Esa "porción" de la Totalidad, es aquello que uno era aún antes de nacer, que seguirá siendo aún después de morir y que no está atada a las leyes terrenales del tiempo y de la materia. A su vez, necesita atravesar la experiencia humana, y nutrirse de aprendizajes para evolucionar.

Si integramos esta visión en nuestras prácticas cotidianas, nos percataremos que nuestra vida misma nos lleva al contacto con lo Sagrado. Más aún, podremos experimentar también que nosotros somos lo Sagrado y que todos y cada uno de nosotros podemos acceder activamente a explorar estos espacios.

Esta dimensión se constituye en una presencia que podemos experimentar directamente, pero que no podemos capturar mediante palabras; de la misma forma que tampoco podemos describir un color, explicar porqué nos gusta un tipo de música y no otro o expresar con exactitud ideas o sentimientos personales. Como tantas veces se ha dicho y tan pocas enseñado en la práctica concreta, la tarea consistiría en tomar conciencia y asumir que somos lo Sagrado. El mapa no estaría indicando que hay que ir a buscar muy lejos sino todo lo contrario, deberíamos dirigirnos a aprender a encontrar aquello que está cerca. Más que ir hacia el Todo dejando atrás nuestra presencia, lo que cuenta es vivir atentos a la totalidad de nosotros mismos, encontrando las claves en nuestro propio corazón abierto y en la sencillez de la experiencia cotidiana.

Lic. Fanny Libertun .Psicóloga y Psicopedagoga.
En su estilo de trabajo emplea el marco Humanista y Transpersonal, que integra los enfoques de Oriente y Occidente sobre el desarrollo del ser humano, junto con la Astrología Psicológica como herramienta terapéutica. Entre otros instrumentos, utiliza la aplicación de estrategias de meditación en su abordaje clínico. www.zonatranspersonal.com.ar. Mail: info@zonatranspersonal.com.ar

viernes, 15 de febrero de 2008

Conversaciones con Dios - Tomo II - Neale Donald Walsch


"La religión te pide que aprendas de la experiencia de otros. La espiritualidad te apremia a que busques la propia".


"La religión no puede soportar a la Espiritualidad. No puede aceptarla, ya que la Espiritualidad te puede conducir a una conclusión diferente a la de una religión en particular, y eso no lo puede tolerar ninguna religión conocida".


"La religión te alienta a explorar los pensamientos de otros y aceptarlos como propios. La Espiritualidad te invita a descartar los pensamientos de los demás y alcanzar los tuyos".


Colaboración de Hada Saltarina

jueves, 14 de febrero de 2008

Los tres caminos - El tercero

Volvió a escuchar las voces de los deportistas e imaginó lo que pensarían de ella, pero no le importaba, estaba disfrutando de su paseo. Empezó a ver, y vio los árboles de tan variados colores. El otoño dejaba su hermosa marca en el suelo. Y entonces surgió otro camino. Era de gravilla y sobre él una alfombra de hojas lo hacía apenas visible. No habían terminado los problemas. Tras el éxito reciente, un nuevo desafío surgía. Las hojas podían ser peligrosas. Pero ella acababa de vencer una prueba y esta tercera que se le proponía no acabaría en derrota; ahora lo sabía. Ahora sí que lo sabía. Cuando iniciara su primera aventura se vio inmersa en el problema y, aunque no sabía si saldría con bien o no del desafío, recorrió el camino; ahora las cosas habían mejorado, ahora sabía que podía vencer si caminaba con cuidado y mantenía la esperanza. En esta tercera ocasión sólo le quedaba aplicar sus conocimientos y actuar muy cuidadosamente. Incluso le dio tiempo a disfrutar de la experiencia. La primera vez había experimentado algo muy semejante al terror en alguno de los momentos, pero ahora sabía que podía lograrlo, podía llegar a un terreno más seguro. Y así fue. La satisfacción resplandeció en su rostro. Aquella tarde estaba resultando muy fructífera. Había conseguido sortear ya dos dificultades.
Sí, había hecho bien en salir aquella desapacible tarde. La naturaleza le había enseñado todo lo que necesitaba saber para sortear las dificultades de su vida. Por supuesto que había pasado por momentos terribles, pero ahí estaba, viva y dispuesta a emprender nuevos caminos. Ya conocía la experiencia. ¿Cómo pudo haberla olvidado? Había que cruzar el bosque para contemplarlo luego con perspectiva. El tercer camino le había hablado muy claro; ella tenía recursos para sortear las dificultades, sólo hacía falta ponerlos en práctica y saber que siempre podría alcanzar la meta.


Colaboración de Hada Saltarina

lunes, 11 de febrero de 2008

Los tres caminos - el segundo


El día había sido fructífero. Ahora disfrutaba viendo los árboles, las fuentes, los estanques, todo era hermoso. Siguió caminando; el final del parque estaba ya cerca, y siguió caminando. La salida era fácil, había dos caminos para escoger. Uno, el más cómodo, era el que siempre había tomado desde que lo visitaba; pero entonces vio el otro, estaba cubierto de hojarasca; no podía saber qué es lo que había debajo, ¿tierra?, ¿grava?, ¿asfalto? Ya no importaba. Y sin pensarlo dos veces, tomó la decisión; el nuevo resultaba más atractivo para ella.


¿Por qué elegía ahora aquel camino desconocido y no el que, por conocerlo de antemano, podía depararle la seguridad reconfortante?


¿Por qué añadir una nueva emoción a aquella tarde en la que ya había puesto a prueba su valor?


La respuesta acudió con más presteza de la imaginada: ¡la diversión!


Ahora quería disfrutar con el placer de lo desconocido, ahora por fin sabía que contaba con todos los recursos para acometer su nueva tarea con éxito.


La naturaleza había hablado y ella había escuchado su voz.


Colaboración de Hada Saltarina

sábado, 9 de febrero de 2008

Reflexión sobre "El camino"


Como nos advirtió Machado en sus versos: "Caminante no hay camino se hace camino al andar".
Por esta razón creo que la esperanza es la misma cuando llueve y te "mojas" o cuando en la frontera de las ideas "te embarras" por estar en búsqueda. Cierto que todos agradecemos encontrar de vez en cuando un refugio.


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" Un discípulo curioso le dijo al Maestro:
Dinos una forma de saber cuando ha alcanzado uno la Iluminación.
y dijo el Maestro:
" Aquí la tienes: cuanto te sorprendas preguntándote a ti mismo. ¿Soy yo quien está loco o es algún otro"


A. de Mello ( Un minuto para el absurdo)


Colaboración de Ignacio

Los tres caminos - El primero...


El viento golpeaba con fuerza, lo que hacía difícil la buena sujeción del paraguas. Había decidido salir a dar un paseo en el preciso momento en que las nubes descargaban un enorme aguacero. En realidad la situación no debiera haberla tomado por sorpresa, de sobra sabía que llovía desde el día anterior; durante la noche, el sonido de la lluvia no había dejado de mecer sus sueños, sin embargo no estaba dispuesta a que aquella circunstancia estorbara su decisión. Necesitaba ejercitarse; si permanecía un solo minuto más en la casa, terminaría por anquilosarse sin remedio. A pesar del temporal encaminó sus pasos hacia el parque que hacía los oficios de un pequeño bosque en plena ciudad. Imaginó que nadie sería tan loco como ella, ¿a qué aventurarse en un día tan desapacible como aquél? Se equivocaba. Un grupo de deportistas entrenaba como si de cualquier otro día se tratara. Quizá la lluvia no fuera tan fiera como ella creyera.


Decidió esquivar a la gente. Necesitaba soledad para poner sus pensamientos en orden. Últimamente la vida la había golpeado con fuerza; tanto, que más de una vez temió romperse; sin embargo, ahí estaba, caminando a pesar del viento y de la lluvia. Los concejales de su ciudad habían pensando que aquel parque precisaba caminos de asfalto que impidieran a quienes los transitaran en los días de invierno ser alcanzados por el barro; por tanto, el parque no representaba ningún peligro para los viandantes y, por supuesto, tampoco para ella. Pero no todo era asfalto; gracias a Dios algunos de los caminos que podían elegirse no contaban con semejante escudo, y fue hacia ellos donde dirigió sus pasos. Deseaba sentir la tierra bajo sus pies; estaba más que harta del duro asfalto de su ciudad y ansiaba un contacto verdadero con la naturaleza. A ambos lados del camino unos árboles, fuertes y robustos, acompañaban su paseo, y ella decidió dirigirles también a ellos sus pensamientos.


En el camino se habían ido formando múltiples charcos que podían ser detectados sin ninguna dificultad por cualquiera que se adentrara en la vereda; ella también los vio pero pensó que aquellas otras partes sobre las que el agua no podía verse ofrecerían buen cobijo para sus pies. No fue así, cuando adelantó su pierna y posó uno de su pies en aquel lugar pudo comprobar que todo estaba enlodado. Cuando el terreno no resultaba resbaladizo, parecía que quisiera tragarse a quien lo hollara. Aun así, ella siguió caminando. Iba bien equipada con sus nuevas botas de agua. Siguió y siguió avanzando. Contrariamente a lo que había imaginado, el camino se hacía más y más difícil, y llegó un momento en que dudó sobre las posibilidades de alcanzar con éxito la carretera de asfalto que podía vislumbrar a lo lejos, demasiado lejos. Un instante de miedo hizo que volviera su rostro hacia el principio del enlodado camino; quizá fuera mejor retroceder, casi podría asegurar que las cosas cada vez iban a complicarse más y que, por mucho que lo intentara, no alcanzaría su meta. Había sido una tontería meterse por aquel lodazal; ningún ser con un mínimo de cordura lo habría hecho. ¡Pero deseaba tanto sentir la tierra!


La mirada hacia atrás le reveló que tantas posibilidades tenía de retornar como de seguir avanzando, y decidió lo segundo. A pesar de todo continuaría; si nuevas complicaciones surgían en aquel trayecto, las sortearía como pudiera. Por otra parte, ¿qué era lo peor que podía ocurrirle? Si se caía, ya estaba preparada para el golpe, así que éste, con un poco de suerte, resultaría poco dañino. No, sólo quedaba una solución: avanzar, seguir avanzando; las cosas no podían ser tan malas. Claro que cuando dirigía su mirada hacia delante, tenía que admitir que todavía le quedaba un largo trecho y que no estaba en absoluto segura de lograr vencerlo con éxito. Sólo tenía un medio de afrontar aquella dificultad, ir despacio, midiendo sus pasos, reconociendo cuidadosamente el terreno. Aquella atención apenas le dejaba tiempo para otra cosa más. Ya ni siquiera podía ver el camino de asfalto a lo lejos, sólo le quedaba la lucha que enfrentaba ante el que tenía ante sí.


Y de repente allí estaba, lo había conseguido. Sus pies pisaban terreno duro. Lo había logrado. Entonces lo hizo. Sobre la seguridad del nuevo terreno miró hacia el que acababa de atravesar. Nadie hubiera dicho que fuera tan pequeño, pero mientras estaba dentro le había parecido inmenso. Igual que sus problemas. La vida la había llevado por un camino lleno de pruebas del que no podía ver la salida, pero el paseo le había enseñado algo, ni las pruebas eran tan duras ni el camino era tan largo. Se dio cuenta de que mientras estuviera dentro de él sólo le quedaba tomar la resolución que había tomado aquella tarde: proseguir, con cuidado, con ánimo, proseguir.


Desde el nuevo lugar de seguridad que había encontrado, rió, rió de buena gana ante aquel descubrimiento, y la esperanza volvió a anidar en ella. Y siguió avanzando.
Colaboración de Hada Saltarina

jueves, 7 de febrero de 2008

Mi visión sobre el Tarot

Parece que la pretensión más común es la de adivinar el futuro según las cartas que aparezcan en una determinada tirada así como su posición. De acuerdo con esta versión, el mundo estaría totalmente predeterminado y nada podría hacerse para modificarlo.
Entonces, la pregunta inmediata que surge (al menos para mí) es la siguiente: ¿Para qué necesitamos el Tarot? ¿Para conocer por adelantado las fortunas o desgracias que nos tiene reservada la vida? ¿Para sufrir doblemente ante la adversidad anunciada? ¿Para aminorar el gozo de la dicha ya conocida? Esto no me parece a mí que tenga demasiado sentido; incluso creo que uno de los motivos que hace a muchas personas inhibirse del acercamiento al ´Tarot es precisamente este mismo pensamiento. Entonces, vuelve a resonar con más fuerza la pregunta:

¿Para qué el Tarot?

Yo lo contemplo como una ayuda de gran valor para quienes vivimos en un mundo libre (dentro de los límites de nuestra propia naturaleza, obviamente) en el que nuestro poder de elección puede ser decisivo para vivir una vida más plena. Las cartas son una ayuda pero no un sustituto para la vida y para la toma de decisiones.

Es verdad que existe mucho miedo en muchas personas ante esta técnica. El miedo creo que obedece a dos factores. Uno de los motivos de miedo es esa creencia en un destino prefijado del que uno no puede escapar, haga lo que haga. Así es muy lógico que no se desee, en muchas ocasiones, conocer las respuestas ya que, según esta teoría, nada podría hacerse para detener determinados procesos. Como ya he dicho, no es esa mi visión de la vida. Sí creo que tenemos unos objetivos a conseguir, marcados de antemano, pero también tenemos la gracia de la creación, de la innovación, y de alcanzar las metas propuestas por múltiples vías y no necesariamente por una. Así el Tarot se vuelve una gran ayuda para reconocer los caminos mejores, los más sabios y los más éticos.

Y aquí enlazo con el segundo miedo a las Cartas. Desgraciadamente, a lo largo de la historia cualquier medio que resulte de una visión libre (no sometida a rígidas estructuras de dominio o de poder) suele ser muy criticada, y el Tarot no podía serlo menos. Parece cierto que se han tenido que cometer muchos abusos por parte de quienes interpretan el significado de las Cartas; pero eso no debería llevar a la conclusión de que las Cartas en sí mismas son maléficas. Yo tengo muy claro a quién pido ayuda cuando las utilizo; pero, por mucho que duela, parece más fácil creer en el poder del mal que en el del bien, y por eso son muchos los que asocian estas prácticas con lo malévolo. Para no caer en incoherencias, me gustaría decir que si creemos en un Dios Todopoderoso y Bueno, pensar que quien busca el bien va a encontrarse con el mal resulta bastante absurdo.

Me gustaría ahondar en este tema que considero de gran importancia. Son muchas las personas que piensan que el Tarot y la Religión son elementos absolutamente extraños e incluso enemigos. Supongo que cada uno tendrá sus razones para pensar esto; sin embargo, yo tengo mis razones para sostener lo contrario.

Vayamos por partes. Con las Cartas no se pretende la infalibilidad, ni mucho menos, sino un consejo muy maduro para personas maduras que desean mejorar y que ven en este sistema una forma de lograrlo. No se trata ni del único sistema, ni del mejor, puesto que el mejor es el que responda con la verdad a cada uno. Existe, por supuesto, un enorme riesgo y es: la manipulación, ya sea del tarotista como del consultante, pues muchas veces uno más que la verdad persigue engañarse; pero eso es un peligro en cualquier campo y no sólo en el Tarot.

Por otra parte, algunos (o muchos) identifican Tarot y Brujería. Supongo que, como cualquier cosa en la vida, podría ser así, pero, como siempre, de lo que se trata es del uso que se dé a las cosas, más que de éstas en sí mismas. En primer lugar me gustaría decir qué entiendo por brujería. Yo creo que la brujería lo que pretende es manipular los elementos para que éstos obren de una manera acorde a nuestro sentir, sin respetar necesariamente el sentir de los demás o lo conveniente en sí mismo. Y con este tipo de manipulación yo no puedo estar de acuerdo. Yo, al menos, con el Tarot no pretendo esto en absoluto, sino que, como ya he dicho varias veces, sólo deseo una buena guía de actuación, pero el trabajo lo debe hacer uno, no los elementos; y por supuesto, siempre contando con la libertad de todos los implicados. A mí, más que la brujería, lo que me gusta es la oración. Y esto me conduce al segundo punto que me gustaría destacar: los creyentes (entre los cuales me incluyo) deberían considerar el poder de Dios por encima de todo. Es decir, nadie puede estar por encima de Él (ni siquiera los supuestos brujos); por tanto, los elementos no pueden obrar de acuerdo con el deseo de alguien en particular si Él no lo permite. Por eso digo que en lo que sí creo es en el poder de la oración, pero me niego a hacer uso de técnicas que pudieran ser sospechosas de brujería (en el sentido que he explicado antes). ¿Es esto tan difícil de entender? Pues para algunos he visto que sí. Yo hablo de ayuda no de coacción. Yo hablo de busqueda de entendimiento, de comprensión, y no de ejercicio de poder; y yo hablo, por supuesto, de búsqueda de buenas soluciones, y eso no creo que sea nada malo en sí mismo.
Puesto que soy creyente, creo (o contemplo como una realidad más que plausible) que Dios y los Seres Celestiales existen y que tenemos múltiples maneras de comunicarnos con ellos (la existencia en sí, ya es una de esas maneras); y, por tanto, el Tarot no es algo que se aparte de esta idea. Me gustaría eliminar todo ese tenebrismo que a veces oscurece tanto el mundo espiritual. Y me gustaría citar al respecto y con todo el respeto, unas palabras del Evangelio y que dicen lo siguiente:

En aquel tiempo,, dijo Juan a Jesús: -«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: -«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mi. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.» (Marcos 9, 38-40).

Colaboración de Hada Saltarina

martes, 5 de febrero de 2008

lunes, 4 de febrero de 2008

Por qué sufrimos?

En mi meditación hice preguntas al Padre Creador. Le decía que temía que Él conociera mi parte mala, que me castigara por ella. Entonces sentí su respuesta. Si era Él o era ese conocimiento interno que al fin y al cabo de Él proviene, carece de importancia. Lo verdaderamente importante es valorar una posible perspectiva. Y a esa perspectiva me remito, sin que tenga que considerarse de manera literal, ni siquiera comprobar el origen de la respuesta. Pero me gusta pensar que pudiera ser una respuesta del Infinito, ¿por qué no? Y la respuesta que yo sentí fue más o menos ésta:

“No puedo culparte, no hay culpa, yo te creé así; te di unas cualidades y tu tarea consiste en desarrollarlas, pero no porque eso me haga feliz a mi (que me hace, por supuesto), sino porque te da felicidad a ti; porque con ellas llegas a ser quien realmente eres. No hay castigo, niña mía; yo te creé”.

Pero entonces, ¿por qué permites tanto sufrimiento?
“El sufrimiento os lo dais vosotros; como tú dices, yo lo permito, en todo caso. ¿Por qué tanto sufrimiento? Porque no consideráis quiénes sois. No podéis creeros que gratuitamente se os haya dado tanto, y necesitáis justificarlo de alguna manera. Pero yo no lo pido así; sois vosotros, puesto que vuestro nivel de exigencia no os permite ver que cada minuto que vivís, lo hacéis en perfección y progresando hacia el siguiente, hasta que lleguéis a ser quienes realmente sois: perfectos. ¿Le pides tú a tu gata que hable? No, la aceptas en su belleza per sé; pues imagínate yo, cómo me complazco en mi creación.

¿Por qué permito que andéis, digamos, tan perdidos? Por una razón. Dime ¿a ti qué te gusta: que te quieran libremente o que te quieran por obligación? La respuesta es fácil, ¿verdad? Pues a mí me pasa lo mismo. Yo no tengo necesidades en el sentido que vosotros las tenéis, porque YO SOY; no puedo ser más ni menos: YO SOY. Y vosotros vais desarrollando en libertad vuestras cualidades. En libertad, ¿entiendes? Quiero que alcancéis vuestra naturaleza verdadera por vosotros mísmos, no porque yo os lo digo. Quiero que me améis de corazón, no porque yo os amenace con castigos si no lo hacéis.

Cuando vuestro sobrino, os manifiesta amor, ¿no te sientes inmensamente feliz? No le obligáis a hacerlo; sencillamente, él reconoce vuestro amor, y éste se encuentra con el suyo, y entonces, surge la respuesta. Una respuesta de amor. Pues eso es lo que yo deseo. Si vosotros sabéis que yo soy vuestro creador, que os amo incondicionalmente; vosotros, os sentiríais en deuda; pero yo no quiero deudas, quiero Amor, porque soy Amor y porque sois Amor. ¿Entiendes ahora por qué la libertad? Creed en el Amor, y todo se solucionará.

Colaboración de Hada Saltarina



martes, 29 de enero de 2008

La oración también es una escucha

Normalmente el ser humano parece entender la oración como un “hablar con Dios”. Así, uno se dispone a mantener una plática donde la persona comienza a exponer diferentes cuestiones: peticiones, acciones de gracias, desahogos, quejas. El problema es que uno habla y habla, pero no obtiene respuestas. Sin embargo, ¿es esto verdaderamente así?

Muchos religiosos nos dicen que tenemos que estar dispuestos a “escuchar a Dios”. Lo que ocurre es que muchas veces, a lo mejor, no sabemos hacerlo y otras, no queremos oír lo que Él tiene que decirnos. Mi experiencia también contempla el llamado “silencio de Dios”. Y sí, ésa es una experiencia sobrecogedora pero, probablemente, necesaria.

Imagino que cuando Dios nos contesta con el “silencio”, cuando realmente es Él quien no nos contesta en vez de ser nosotros que no queremos oírle, ese silencio tiene que obedecer a causas. Quiero aventurar alguna. Pudiera ser que Dios quiere que encontremos nosotros la respuesta; ayudándonos así a crecer y apostando por nosotros, pues nos trata como seres capaces. Es muy probable que, aunque no hagamos otra cosa que hablar, en realidad no nos sepamos ni siquiera escuchar a nosotros mismos, y así, nuestro Creador nos permite averiguar quiénes somos a través de su silencio.

Pero la escucha atenta puede provocar respuestas. Y esas respuestas vienen en forma de acontecimientos, en forma de imágenes que nos sugieren aspectos profundos que se adentran en nuestro interior y que, poco a poco, van mostrando capas y más capas de comprensión. Y otras veces las respuestas aparecen incluso como pensamientos. Pensamientos precisos, nada recargados, sencillos pero de una intensidad y una profundidad rotunda que apenas uno puede transcribir en su genuina austeridad lingüística. Pensamientos que son bendiciones, y que a veces me gusta transcribir aunque no consiga hacerlo con la simplicidad que aparecen.

Hay quien dice que esos pensamientos son productos del interior, y otros los achacan a quien es más grande que nosotros. Pero he aprendido a valorarlos, con independencia de su origen, porque, si proceden del interior, me pregunto ¿y de quién procede nuestro interior?

Aconsejo estar atento a la escucha y permitirla, valorándola; porque, si el pensamiento es incongruente o dañino para uno o para los demás, no hay duda de que la procedencia es el equívoco en el que nos sumimos; pero si es clarificador y sólo atrae bienestar al mundo, no está de más sopesarlo y tenerlo en cuenta.


Colaboración de Hada Saltarina

martes, 22 de enero de 2008

La razón y el corazón


Durante mucho tiempo estuve recibiendo instrucciones que me decían que no le hiciera caso al intelecto y que me moviera más por el corazón. Me parece un buen consejo pero creo que hay algo muy importante que matizar.


Yo creo que tenemos la capacidad de razonar por algo. Nuestra capacidad intelectual, debe ser desarrollada. Estoy de acuerdo en que uno no debe detenerse en lo mental sino ahondar en lo “sentimental” (valga el juego de palabras), pero también me doy cuenta de que, en muchos casos, sin un entrenamiento racional e intelectual, se pueden o bien detener los pasos del crecimiento interior, o bien sacarlos completamente de quicio.


A veces me asusta ver con cuanta frivolidad se habla de aquello que no se conoce. Con cuanta sin razón se consideran válidas supuestas intuiciones que sólo dañan en lugar de aportar soluciones. Creo que uno, normalmente, debe prepararse para establecer un juicio crítico incluso sobre las intuiciones que recibe, pues si no, el ser humano no puede ejercer la libertad. La libertad exige un enorme conocimiento, una profunda consciencia, y, desde mi punto de vista, para ampliar la consciencia, es un buen camino el entrenamiento del intelecto. Sin detenerse en él, sino, por supuesto, vivenciándolo; es decir, poniéndolo en práctica, pues las teorías son sólo teorías, pero lo importante es comprobar vivencialmente lo que es real.


Creo que debemos valorar que el corazón también tiene su inteligencia; y que la inteligencia, bien utilizada (es decir, haciéndola un instrumento en lugar de un fin), es una excelente vía para el corazón, siempre y cuando el conocimiento acumulado se desenpolve y se ponga en movimiento.


Por supuesto uno no debe quedarse en las teorías, si éstas contradicen lo que la realidad le presenta. Pero no es menos cierto, que el conocimiento de diversos principios ayuda a desentrañar la verdad.


Me gustaría proponer una anécdota que creo puede servir para explicar lo que pretendo decir. Victor de Aveyron fue un niño encontrado en los bosques de Francia en el siglo XVIII. Todo apuntó a determinar que el niño había crecido en los bosques sin contacto humano. La anécdota a la que deseo hacer referencia es la sorpresa de los intelectuales porque este niño no reaccionara a "las maravillas de París", que actuara como si sencillamente no las viera, pero sí mostrara una extraordinaria atención al chasquido de una nuez al ser partida. ¿Cómo puede extrañar esto? Parece algo lógico, puesto que las "maravillas tecnológicas de París" no formaban parte de su mundo y por supuesto no podía mostrar ningún interés por él; sin embargo, la nuez era muy importante para su existencia.


Con esto quiero decir que, para entender procesos, para reconocer situaciones, es importantísimo tener el desarrollo intelectual y cultural que nos permita desentrañarlas. Y para nuestra desgracia, y a pesar de la gran cantidad de medios que hoy tenemos para combatir la ignorancia, parece que se opta con demasiada frecuencia por elegir la vía rápida de actuación sin pararse a apoyarla en bases más sólidas que la fuerza del momento.


La intuición racional, ¿no sería una buena aproximación a la verdad?
Colaboración de Hada Saltarina

viernes, 18 de enero de 2008

El Maestro


Raquel estaba exultante; su alegría no conocía límites y por eso se puso a danzar al tiempo que golpeaba el pandero que en muchas ocasiones la acompañaba. Él había vuelto a actuar, y esta vez lo había hecho en su presencia. Una multitud se había reunido en la montaña para poderlo escuchar; a Raquel también le gustaba hacerlo y en muchas ocasiones su lugar favorito era colocarse a sus pies y mirarlo embelesada; Él entonces sonreía, con esa sonrisa amplia que provenía de la dulzura de su corazón; y al mismo tiempo que lo hacía seguía instruyendo a las gentes que acudían a oírlo. Hablaba con total confianza de su Padre, el Padre que decía ser de todos. A Raquel le gustaba el sonido de su voz, pero lo que más le entusiasmaba era saberse junto a alguien tan especial como Él, que podía curar enfermedades y dar de comer a sus amigos, como en aquel momento lo había hecho. Raquel no se preguntó cómo podía ser posible que los panes y los peces siguieran sobrando a pesar de todos los hombres y mujeres que allí estaban, sólo le interesaba constatar que estaban en buenas manos, que aquel en el que habían puesto su confianza era capaz de alimentarlos, y ella, Raquel, se encontraba entre sus amigos elegidos, ¡qué más podía pedir! El peligro ya no existía, pues Él siempre confiaba, el Maestro, Jesús, el hombre que amaba cuando hablaba.
Pero un día llegó el tormento. Raquel lo había visto en sus momentos de triunfo, aquellos en que las multitudes lo aclamaban y buscaban con desesperación. Ahora aquella búsqueda se había trocado en odio y Raquel no podía entender la razón. Seguro que no había de qué preocuparse; muchas veces les había instruido sobre el cuidado amoroso del padre sobre sus criaturas, así que no había de qué preocuparse.
Pero no fue así. Lo maltrataron, lo llevaron por las calles, lo dañaron hasta el extremo de aflorar la sangre; y luego, luego la cruz. El grito de Raquel retumbó entre aquella muchedumbre que demostraba los más diversos estados de ánimo; los había desesperados, resignados, amedrentados, y una gran parte de ellos dejó mostrar el odio más escondido que en ellos anidaba, y lo dirigían hacia Él, hacia el hombre que les enseñaba con parábolas, hacia el hombre que curaba sus enfermedades, perdonaba sus pecados, hacia el hombre que los amaba como sólo él podía hacerlo. El grito de Raquel seguía sonando. Y los ojos del Maestro se clavaron en los de ella; eran unos ojos compasivos aun en el dolor. ¿Por qué la miraba? En aquel momento le pareció a la niña que no sólo la miraba a ella, sino que contemplaba con el mismo amor personalizado a cada uno de los individuos que allí se encontraban asistiendo a su martirio. ¿Cómo podía amarlos a todos, si muchos de ellos habían sido la causa de semejante atrocidad? Pero así era el Maestro. En sus ojos vio la compasión por ellos: no sabían lo que hacían; y en sus ojos vio la compasión por ella: no podía comprender, pero algún día lo haría. ¡Confía!
Cuando terminó el tormento, Raquel se internó por las calles de Jerusalén; y entonces se dio cuenta del cambio: ahora tenía miedo. Mientras el Maestro estaba con ellos, Raquel se sentía cuidada y protegida; tenía un gran amigo; alguien que conocía cara a cara al Dios Padre al que los judíos no podían nombrar. Nadie podía hacerle daño; estaban en buenas manos. Pero ahora, todos eran enemigos. No quería que nadie la tocara; miraba al suelo asustada pues al cielo no quería dirigir sus ojos; ¿cómo podía ser posible que su Padre hubiera permitido todo aquello? ¿Por qué los había alimentado a ellos y no lo había salvado a Él? Los apretujones le desagradaban, no quería sentir la mano de nadie sobre ella, y cuando la tocaban, algo se retorcía de miedo en su interior. Estaba en territorio enemigo. Hasta que una mano la tocó, una mano suave que no la hizo retroceder sino que detuvo el horror por un momento; alzó los ojos y lo vio: su mirada era la de siempre, llena de amor, pero no podía ser, estaba muerto, venía del Calvario, allí lo había dejado ya muerto. ¡Confía! Volvió a decirle con los ojos, y se marchó.
Luego supo que otros lo habían visto, se contaban todo tipo de experiencias, pero para Raquel el tormento de la crucifixión había sido más fuerte que cualquier esperanza que pudieran darle. No lo había vuelto a ver; sólo había sido en aquel momento, y luego, nada. No entendía por qué su Padre querido lo había abandonado. ¿Cuál era la razón? Raquel perdió la alegría y perdió la juventud en un día.


En la isla griega era conocida por la judía; algunos la miraban con recelo por esa seriedad que manifestaba. Raquel no se integraba en ningún grupo, aunque acudía a las reuniones de muchos. Escuchaba en silencio, a veces hacía gestos con la cabeza, pero callaba. También allí se hababa del Maestro, y muchos seguían su doctrina. Muchos se atrevían a hablar de Él y de su pensamiento sin haberle conocido como ella lo había hecho.
Cuando miró a lo alto de la colina, divisó el templo de Apolo, y hacia él se encaminó. La colina del Gólgota seguía en su pensamiento; no podía librarse de aquella aterradora imagen. Ahora quería contrarrestarla con la visita al templo lleno de luz y color. Y entró. La figura del dios era hermosa. Apolo tenía todos los atributos de la belleza; no era un padre, pero al menos, nadie parecía quererlo torturar. Sería más fácil seguir aquellos caminos que los que le dictaba su corazón, pero entonces se dio cuenta. Apolo no era un hombre, mientras que su Maestro sí lo era, y aunque no pudiera entender aquel aparente abandono de Dios, su Padre, en aquel momento supo que nunca dejaría de amarlo, de reverenciarlo y de seguirlo. Recordó la mano sobre su hombro, pero no le dio crédito. Aun así supo que nunca abandonaría el amor a su Maestro, y aunque siquiera preguntándose una y otra vez ¿por qué?, seguiría estando a su lado.

Los años pasaron para Raquel; ya vieja recuperó su dulzura. Ahora le gustaba observar a los jovencitos como ella fuera. Algunos le preguntaban si era verdad que lo había conocido, y ella decía que sí, y hablaban sobre Él, sobre lo que decía, y lo que hacía, sobre como miraba y sonreía, y sobre todo, sobre como amaba.
Y Raquel, en su vejez, se atrevió a levantar los ojos al cielo y buscar la respuesta que tanto se empeñaba en aclarar. Volvía una y otra vez hacia ese Padre que no podía entender, y otra vez lo oyó. La palabra decía: ¡Confía, niña, confía!

Colaboración de Hada Saltarina
 
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